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10 años | Cuentos imaginativos y nihilistas utiles para pensar
El logo es la cabeza de una vaca

Solo la nada existe

10 años

10 años


Te obsesionas, después de diez años te sigues obsesionando y no digas que la obsesión te ha aparecido ahora, de golpe. Quizás te engañes a ti mismo, pero no mucho mas. Piensas, pensabas, en cómo estaría su cadáver. Lo pensabas a la semana de haberla enterrado, a los quince días, al mes, a los dos meses y diez años después sigues pensando en ello. Durante este tiempo te has informado. Primero lo fácil: Google. Después has comprado libros, has leído revistas especializadas, has llegado, incluso, a visitar a especialistas en el tema, a forenses, a policías. Alguno te ha tomado por lo único que eres, siempre lo has sido con ella, un pobre idiota enamorado. Sabes que te engañó, que te manipuló entonces cuando erais adolescentes y que te volvió a manipular cuarenta años después hasta el punto que casi perdiste todo lo que tenías, pero la sigues queriendo, enfermizamente, y sigues obsesionado pensando como estará ahora diez años después de que se muriese. Has buscado mil veces para saber qué pasa con un cadáver a lo largo del tiempo, desde el mismo momento en que se ha muerto. Eres un especialista en las moscas, coleópteros y demás animales que depositan sus huevos para que las larvas tengan comida en abundancia y en aquellos que directamente se alimentan de la carroña. Y eso te obsesiona. Te obsesiona pensar en su cara pudriéndose lentamente mientras que los gusanos se la van comiendo. Y cuando piensas en ello tiemblas de angustia y lloras, lloras como un niño, a veces en silencio para que no te oigan y a veces a pleno pulmón cuando estás en soledad. Y piensas en verla, en verla otra vez, en acariciar su cara o lo que quedé de ella. Nunca has entendido porque has de perder a una persona a la que quieres tanto, a pesar que sabes que eso le pasa, le ha pasado, a miles de personas en el pasado y seguirá pasándole a otros miles mañana, pasado, el año que viene, siempre. Tres años es el tiempo necesario para que un cuerpo se descomponga totalmente y ella lleva ya diez años. Y un buen día descubres que no todos los cuerpos se pudren, que existe el hombre de Tollund, la momia bella; santa Catalina Labouré y santa Zita, santa Bernadette de Lourdes, incorruptas; Lady Xin Zhui, una momia con sangre en sus venas; Dashi-Dorzho Itigilov, conservado en sal y otros muchos mas que se momificaron o que su cuerpo permaneció integro a lo largo de los años. Dudas de estas historias, piensas que son resultado de la fe religiosa, de la imaginación popular de las supersticiones, pero aún así sigues leyendo, comprando libros, investigando. Y te convences de que ella, ¿cómo iba a pudrirse ella? Es un caso mas entre los muchos que has leído, imaginado. Y decides ir a verla, pero no quieres ver una lápida, quieres verla a ella, incorrupta, igual de guapa como aquel día que un cáncer acabó con su vida y borró su sonrisa detrás de la mascarilla de oxigeno. Y planeas como hacerlo. Visitas el cementerio. Buscas su nombre en la pantalla de recepción. Encuentras el nicho. Vas a verlo. Hace años que no venías y tiemblas mientras caminas pensando en el día que viste cómo metían su ataúd dentro de aquel agujero. Viste como los albañiles lo tapaban para siempre. Y mientras caminas recuerdas su sonrisa, esa sonrisa que te cautivó desde que la conociste allá en Espot en el verano del 69. Aquella sonrisa que hizo que tú, persona tímida, salieses a su paso y le dijeses “Hola, ¿cómo te llamas?” y tuviste suerte. Ella te contestó. Cuando llegas al nicho lo ves allá en lo alto, en una esquina, en un cuarto piso y piensas ¿cómo voy a poder tener acceso hasta ella? Das vueltas por el cementerio, obsesionado, pensando en cómo hacerlo, mirando por aquí y por allá, buscando algo que pueda ayudarte. Y buscas y encuentras quien haga el trabajo por ti. No es barato, pero entiendes el riesgo y sabes que va a valer la pena. Quedas con ellos, les pagas y te cuentan el plan. Sobornarán a los guardas de noche. A las once entrarán en el cementerio. Usarán una plataforma que los propios guardas habrán dejado delante del nicho. Ellos se irán a la otra punta del cementerio para no “molestar” mientras tus ladrones trabajan. Calculan que en quince minutos habrán abierto el nicho. Otros diez minutos para fuera el féretro. Lo bajarán y lo dejarán en el suelo para que tú puedas abrirlo. Te aconsejan llevar una palanca de acero. Te recomiendan que compres una resistente. Les preguntas que como entrarás tú en el cementerio. Te dicen que a partir de las once estará la puerta abierta, que solo hará falta empujarla. Que no vayas antes de las once y media, doce menos cuarto. Y os despedís. Esperas ansioso a que llegue el momento. El día acordado te presentas a la puerta del cementerio. Llegas una hora antes. Te escondes en la lejanía y ves como los guardas cierran las puertas ¿será un engaño? Con esa pregunta pasas una hora agazapado esperando. A las once en punto no pasa nada. Te desesperas. Cinco minutos después ves a un guarda manipulando la cerradura. De una esquina salen dos sombras que miran alrededor, abren la puerta y entran en el recinto. Van con retraso te dices. Sigues esperando con angustia. A las once y media no puedes aguantar mas y entras en el cementerio. Confuso recorres sus calles sin saber hacia adonde tienes que ir. Antes de entrar ya te habías perdido en las calles. Paras para escuchar algún sonido que te oriente. Oyes al fondo unas risas. Vas corriendo hacía ellas y ves que te has equivocado pues son los guardas que están hablando. Reorientas tus pasos y por fin encuentras a los dos ladrones bajando el ataúd. Te recriminar que hayas entrado tan pronto. Te dicen que puedes haberlos puesto en peligro. Tú ni los escuchas. Vas directo al ataúd mientras ellos se van deprisa. Lo intentas abrir con las manos. Oyes que te llaman loco, pero no haces caso. Sacas de la mochila la palanca, ansioso por verla y besar sus carnosos labios. Ese largo y húmedo beso que te prometió desde la muerte. Quitas la tapa y ves una calavera con mechones de pelo y jirones de ropa pegados a los huesos. Te abrazas al cadáver. Le das un largo beso en su boca. Sigues ahí abrazado hasta que al amanecer te descubren los guardas.
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